El arte de debatir en redes sociales… sin llegar a las manos

Ya lo sabíamos: debatir  no es fácil. Conseguir un buen nivel de debate es una ardua tarea que va a requerir mucho esfuerzo… y paciencia. 
Pero como todo en esta vida, se puede aprender 

Por Isabel Herrán

Quien ha estado en algún foro o grupo en Internet y redes sociales es consciente de que lo de debatir es una asignatura pendiente en la mayoría de los casos. Nos da miedo debatir, nos asusta el enfrentamiento de ideas y muchas veces no osamos iniciar un debate porque nos da miedo cómo reaccionen los demás. No queremos recibir críticas o ataques ni mucho menos desprecios.

Pero todo eso podemos cambiarlo nosotros, está en nuestra mano conseguirlo. Porque el debate siempre es interesante y siempre enriquece. Eso sí, un buen debate.

Empezamos por el principio… ¿debatir o no?

Es sencillo. Cuando leemos un comentario, vemos una publicación con foto, un vídeo o lo que sea, de otra persona, tenemos tres opciones posibles:

  1. Decir que nos gusta (esta nunca te va a generar problemas)
  2. Ignorarlo
  3. Decir que no nos gusta (argumentando la opinión. Si no argumentas, mejor no digas nada)
    Y hay una cuarta opción, muy utilizada en redes sociales:
  4. Poner una imagen, un gif con la expresión que mejor se adapte a nuestra opinión. Y aquí entramos en un campo, últimamente muy de moda, con mil tipos de imágenes que van desde la cara de maravillado hasta los gestos de desprecio y hastío. Son geniales y muy prácticos pero ¡cuidado! A veces utilizar esas imágenes animadas puede ser mucho más despectivo y dañino que un simple “no me gusta”.

Mucha gente es partidaria de ni siquiera entrar al debate para no sufrir las consecuencias. Prefieren mantenerse al margen y, como se suele decir, ‘ver los toros desde la barrera’. Sin duda es más cómodo pero todos perdemos con eso. Ellos se están perdiendo una de las mejores formas de aprender que existen. Y el resto nos estamos perdiendo lo que estas personas podrían aportarnos.

Otros, afortunadamente suelen ser los menos, se escudan bajo el lema ‘existe la libertad de expresión‘, olvidando que su libertad de expresión termina justo donde comienzan los derechos de los demás. La libertad de expresión no se puede saltar leyes, ni siquiera unas normas establecidas previamente y aceptadas por ambas partes -algo normal en los grupos de debate-. Por no hablar de que quien esgrime semejante argumento para excusar ataques a otros está muy lejos del buen debate. Y si debe recurrir a eso para defender su postura, seguramente es que ha perdido toda capacidad de debatir de forma argumentada.

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Educación y respeto

Aquí llegamos al quid de la cuestión: educación y respeto. Estas dos simples palabras deberían ser el pilar de todo debate. Y no sólo de eso, deberían ser el pilar de cualquier relación humana, en el ámbito que sea. Dos palabras que, si las utilizáramos siempre, harían las cosas mucho más sencillas, evitarían discusiones y muchos, muchísimos problemas.

Una vez aplicados estos dos principios, podemos terminar de redondearlo, utilizando un poco de sentido común. Si tenemos un día cruzado, que a todos nos puede pasar, es mucho mejor mantenerse alejado de cualquier debate porque en cuanto nos pinchen vamos a saltar. Y nos vamos a sentir pinchados incluso cuando no había intención.

Por tanto, todo se podría resumir en esas tres simples palabras: educación, respeto y sentido común.

Debatir no es convencer

No. No se trata de convencer a la otra parte de que nuestra idea es la correcta. Y tampoco se debate diciendo una y otra vez nuestra argumentación. La idea del debate es exponer diferentes puntos de vista, argumentarlos y tratar de abrir la mente para tratar de entender al otro.

Las ideas preconcebidas y los egos desmesurados son enemigos directos del buen debate. Pensar que somos mejores, que sabemos más, que nuestro punto de vista es el único correcto, lo único que nos hará es ser más prepotentes y, por descontado, incapaces de debatir. Y cuando se cae en el ataque al oponente durante el debate, es un signo claro de que no se sabe debatir y un momento perfecto para terminar la discusión.

Además, hay una premisa importante: si no sabes de algo, no te metas -si no es para aportar o preguntar-. Pero cuidado… Si entras a debatir sobre un tema que no conoces, lo más fácil es que te encuentres en un terreno pantanoso en el que, tarde o temprano, vas a patinar.

Tampoco significa vetar a nadie para que exponga su opinión, solo porque no dominan el tema. A lo mejor hay puntos de vista externos que podrían aportar mucho a un tema, aunque provengan de gente no especializada. Y sobre todo, volvemos a lo mismo: con educación, con respeto, se puede hablar de todo. 

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Automoderación: otro arte

Por descontado, es tarea del administrador y los moderadores mediar para que se mantengan las formas pero si el grupo no pone de su parte, jamás se llegará a un debate sano y productivo. Aparte de que tampoco es cuestión de actuar como la Gestapo. No es agradable ni genera buen ambiente andar recordando continuamente las reglas del grupo y tener que mediar para que se cumplan.

La idea es que los grupos se automoderen con intervinientes que sean capaces de mantener el debate sano y en buena onda. Y que la moderación se deba ejercer únicamente para frenar algún trol que otro, que por desgracia nunca faltan en cualquier grupo que funcione.

La mejor forma para evitar malas contestaciones en un debate es pensar las respuestas. Si leemos un comentario que nos enfada, lo más recomendable es no contestar al momento.

Esperar, respirar, incluso hacer alguna otra actividad antes de entrar a responder. Porque si no, lo más fácil es que nuestra respuesta no sea la más adecuada y entremos en una dinámica nada deseable para el grupo.

Y si recibimos un ataque, lo mismo. No ganamos nada con responder al momento y entrar en la batalla. Es mejor contactar con los administradores y moderadores del grupo y denunciar el ataque. Si ellos no hacen nada por evitar esos ataques personales, si el grupo no se rige por unas mínimas normas de respeto, entonces sería mejor salirnos cuanto antes de ese grupo.

No se me ocurre colgar un vídeo porque me despellejan

Qué lástima cuando se leen o escuchan estas afirmaciones, por desgracia basadas en un temor totalmente fundado. Atreverse a subir un vídeo del trabajo con tu perro en redes sociales a veces es arriesgarse a eso, al despelleje. Te puede dar igual, si estás seguro de tu trabajo y de lo que has publicado, pero quien más quien menos recibe alguna puñalada bajo el falso título de ‘crítica’.

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Ahora bien. Si el grupo es serio, modera y evita los famosos troles y otros personajes que se esconden en la trastienda del ‘ataque’ puro y duro, no tiene por qué ser así. Al contrario, recibir una crítica nos puede abrir los ojos a algo que no habíamos percibido. Porque podemos tener una percepción de lo que hacemos y podemos creer que estamos entrenando de forma correcta. Pero siempre es mejor que sean otros ojos los que miren nuestro trabajo para decirnos lo que creen que podemos mejorar. Y seguro que algo podemos mejorar.

Y además, veámoslo desde otro punto de vista: Internet nos ha abierto ventanas para poder ver el trabajo de otros. ¿Y qué puede haber más enriquecedor que tener la posibilidad de asistir al entrenamiento de otras personas en cualquier parte del mundo? Eso es algo que hace no tantos años era impensable, ¿por qué no aprovecharlo? Y sobre todo… ¿por qué cerrar nuestra ventana?

‘No critiques lo que hacen los demas’… ¿por qué no?

Y luego está la otra parte. Hay un sector que cree que todo lo que no sea decir que algo es muy bonito, muy interesante o poner caritas sonrientes y manos con el pulgar hacia arriba, significa criticar y lo consideran muy negativo. Cualquier comentario, opinión o argumento que no sea decir lo bonito que es el vídeo, lo toman como un ataque y, por descontado, nunca están por la labor de debatir.

Pues tampoco es eso. La crítica no es mala en sí misma. De hecho, que una crítica sea constructiva o destructiva depende en su mayor medida de quien la recibe. Si percibimos pura negatividad en ella, lo más fácil es ignorarlo. Pero no perdemos nada con escucharla/leerla y es que hasta podríamos sacar mucho provecho. La cuestión es ser capaces de encontrar cómo hacerlo.

debatirDe lo que no debemos tener dudas es de que el debate es sano, aporta, produce, enseña, en definitiva: enriquece. Pero eso sí, el buen debate.

La buena noticia es que se puede hacer y no es tan complicado. Podemos y debemos cambiar las cosas, para bien. Y si somos capaces de aprender a construir buen debate, vamos a ganar todos porque tendremos nuevos horizontes, lugares donde compartir conocimientos, experiencias, trabajos… Y gente nueva con la que poder intercambiar esas experiencias.

Sólo es cuestión de ponerse a ello.

Formadores no formados

Formadores que no tienen la capacitación adecuada y, en ocasiones, ni siquiera la educación adecuada: un grave problema en el mundo del perro

Formadores

Una de las lacras del mundo del perro es la falta de una correcta regulación a nivel general y sobre todo en las especialidades. Y una de sus consecuencias es que cualquiera puede impartir formación. Cualquiera puede autodenominarse adiestrador, educador canino o instructor. Pero impartir formación no es una tarea que pueda desempeñar todo el mundo. Y un mal formador, además de no aportar la formación adecuada, puede resultar muy dañino para el alumno y para la especialidad.

Y cuando esa especialidad, como ocurre en muchos casos, está enfocada operaciones que implican un riesgo para vidas humanas -rescate, drogas, explosivos…-, estamos ante un problema muy grave y que debemos denunciar.

Qué bien lo hace mi perro. Voy a dar seminarios

Ser 10 veces campeón de Wimbledon no te convierte en buen entrenador de tenis. Haber ganado 10 Champions en un equipo de fútbol no te capacita como buen entrenador. Lo mismo ocurre con los perros.
Haber estado en un grupo de rescate, haber sido guía canino en la policía, tener mano con los perros, tener un perro que lo hace de maravilla… no te capacita, ni mucho menos, para ser instructor/formador en temas caninos.

Porque para ser un buen formador hay que formarse también. Hay que tener conocimientos, teoría, práctica y muchos años de experiencia. Hay que formarse como formador. Y todo ello debe estar demostrado (cuidado con el autobombo). Pero además de todo eso, hay que saber transmitirlo. Es necesario saber hablar, saber captar la atención del alumno, conocer los límites, tener buena base cultural, buena ortografía y sobre todo, por encima de todo: un código ético.

Por desgracia, todo lo anterior se diluye desde el momento en el que en España, cualquiera puede auto-proclamarse formador, instructor, maestro, experto. Y así ocurre lo que está ocurriendo desde hace muchos años. Tenemos formadores que no están realmente capacitados. Se dan seminarios, cursos, masters, con total despreocupación. Y hay un mercado negro que crece exponencialmente a medida que se va formando más gente.

Para muchos, el hecho de haber ido como alumno a un seminario ya les capacita para impartir ellos otro. Y así nos va.

Formadores

Seminarios multi-tarea, aprendes de todo

No es extraño ver carteles anunciando seminarios que cubren no una, sino varias disciplinas. Ya es complicada una disciplina y exige una dedicación plena a cada una de sus fases, como para pretender impartir una actividad formativa que toca varias especialidades… ¡en un fin de semana!

Un seminario no puede pretender siquiera cubrir una acción formativa en varios campos de una especialidad. La formación requiere una serie de grados, que no tienen otra manera de irse implementando más que con más formación. Gradualmente y por etapas, otorgando a cada etapa su tiempo, su importancia y su dedicación.

Tampoco un curso intensivo es capaz de preparar a un guía canino, mucho menos a un binomio, en ninguna disciplina.

Por tanto, queda en duda cual es el objetivo de quien imparte un seminario o curso que ofrece cubrir varias expectativas. O es por desconocimiento o por ofertar más para vender más plazas. En cualquier caso, eso ya es un indicador para hacernos una idea sobre el tipo de formador que nos está vendiendo la formación.

Ser 10 veces campeón de Wimbledon
no te convierte en buen entrenador de tenis.
Haber ganado 10 Champions no te capacita para proclamarte buen entrenador

Ese formador es muy caro, prefiero a ese otro que cobra mucho menos

Lo importante debería ser la cualificación del instructor pero la realidad es que, en demasiados casos, se elige un instructor u otro por su precio. Cuando un instructor lleva a sus espaldas una formación completa, trabajada, puede y debe valorar su trabajo. Y al contrario, alguien que acaba de empezar o lleva poco tiempo y decide empezar a ganar dinero con la formación, no puede ni debe cobrar lo mismo.

El buen profesional hay que pagarlo. Eso pasa en todos los sectores, no sólo en el mundo del perro. Aunque en este se necesita aún mucha más seriedad en la regulación.

Es evidente que las autoridades no terminan de ponerse de acuerdo con el asunto de las regulaciones. Y, si bien hay muchos pasos ya dados, aún queda esa laguna legal para que cualquiera pueda autoproclamarse formador/instructor y experto en temas caninos.

Es un hecho conocido que hay muchos formadores que basan sus seminarios en temarios copiados de otros formadores, más algo de su escasa y muchas veces errada experiencia. Asistir a un seminario y copiar sus contenidos ha sido el único esfuerzo de estos estafadores para tratar de lucrarse después a costa de ese pirateo y del engaño hacia los futuros alumnos, que confiarán en su valía.

Y cuando se junta la falta de capacitación con la falta de educación o de ética, se pueden llegar a situaciones esperpénticas.

Libertad de expresión o delito ¿dónde está el límite?

Ser formador no es plantarse delante de un grupo de personas a contar batallas o experiencias personales. Va mucho más allá. Requiere una calidad educativa, humana y ética, fundamental en toda acción formativa.

Cuando esto falla, no se puede esperar más que una pobre formación y, lo peor, que en ocasiones los alumnos tienen delante a un formador que se cree con derecho a para poder decir cualquier cosa, incluso cuando sus afirmaciones podrían rayar en un delito. Y no es exageración.

En un seminario de perros de rescate se escucharon comentarios como que las mujeres no pueden ir como rescatista a una catástrofe porque menstrúan y se impresionan con la sangre. O que  en las catástrofes no hay baños y las mujeres necesitan baños, concluyendo que, por esa razón, las mujeres no deberían ir a situaciones de catástrofe como guías caninos.

Este tipo de afirmaciones, aunque pueda parecer increíble, se están dando en el día a día en algunos seminarios formativos. La reacción del alumnado suele ser de sorpresa y a veces se toma como broma, como un mal chiste.

Pero la realidad es que podría ser un delito y está tipificado por la ley española.  Se podría tipificar como delito de odio , en España penado con uno a cuatro años de prisión y multa.

La Unión Europea, en su Carta de Derechos Fundamentales, especifica en su artículo 21:

«Prohíbe la discriminación basada en trece motivos de discriminación: sexo, origen racial o étnico, religión o convicciones, discapacidad, edad, orientación sexual, origen social, características genéticas, lengua, opiniones políticas o de cualquier otro tipo, pertenencia a una minoría nacional, patrimonio y nacimiento.»

Por desgracia este no es un caso aislado. En este mercado libre de formadores/instructores auto-cualificados, aún hay muchos elementos que continúan en estas ancestrales y penosas creencias. Y estos son los que preparan a los futuros guías caninos. Independientemente de su formación, de lo que sepan transmitir… ¿qué podemos esperar de semejante actitud?

Miedo a quejarnos

Todos nos llevamos las manos a la cabeza cuando nos cuentan estas cosas pero a la hora de la verdad, cuando estamos en el seminario o curso en cuestión, frente al formador, nadie se atreve a transmitir su queja. Nadie denuncia en voz alta lo que acaba de escuchar. No debería ser así.

De la misma forma que el formador se cree con el derecho a decir cualquier barbaridad, el alumno está en su derecho de transmitirle su desacuerdo o reprobación cuando cree que se ha rebasado el límite. Ser alumno no equivale a aceptar todo lo que nos quieran decir, igual que ser instructor no da derecho a nadie a insultar o menospreciar a nadie. Al contrario, su posición le obliga a guardar un decoro y unas formas.

Formadores formados

Por todo ello y con el fin de conseguir una formación de calidad, con el nivel adecuado a cada necesidad, debemos empezar a cambiar este tipo de pseudo-formaciones.

Profesionales y alumnos podemos y debemos exigir una formación cualificada y seria. Y cuando detectemos este tipo de irregularidades, igual que cuando asistimos a un seminario y comprobamos que el profesor no está ni de lejos cualificado para impartirlo, denunciemos.

Callar es lo más fácil, pero callar otorga. Y sobre todo, deja campo abierto al fraude, al engaño y a la caradura.

Hay que empezar a exigir que los formadores estén capacitados, tengan un curriculum y una experiencia acorde con la formación que van a impartir.

Y sobre todo, huyamos de lo fácil, lo barato. Porque a la larga, nos puede salir muy caro.

Yo pirateo… tú pirateas… y al final nadie escribirá libros

“Mira qué libro tan interesante, es muy bueno y me ha servido de mucho… Qué bien, ¿por qué no lo escaneas y me lo pasas?”
Así empieza una cadena de práctica ilegal, muy extendida y que afecta a quienes comparten sus conocimientos. Y al final nadie escribirá libros.

nadie escribirá libros

Mira qué libro tan interesante, es muy bueno y me ha servido de mucho… Qué bien, ¿por qué no lo escaneas y me lo pasas?” Así empieza una cadena de práctica ilegal, muy extendida y que afecta a quienes comparten sus conocimientos. Y así al final nadie escribirá libros.

Esta conversación se repite día a día, sobre todo en redes sociales. El pirateo de libros es una práctica muy extendida y lo peor, que parece que a nadie o a casi nadie le importe.

Escribir es un trabajo, no un lujo

Escribir un libro no es tarea fácil. Hay que tener los conocimientos, investigar, prepararlo, escribirlo y luego editarlo y venderlo. Es un duro trabajo que puede llevar meses, incluso años. Y la realidad es que no está muy bien pagado, a no ser que seas un afamado escritor de best-sellers.

Cuando alguien escribe un libro lo único que pretende es transmitir sus conocimientos y ganar un dinero con ello. Algo totalmente lícito desde el momento en el que es un trabajo.

Pero vivimos en un mundo donde prima lo fácil, se busca la forma de conseguir algo sin pagar, aunque para ello se pudiera incurrir en delito. Se premia incluso que alguien lo haga para que así nos lo pueda facilitar a los demás. Está bien visto escanear un libro y, al contrario, pagar por obtenerlo para muchos es sinónimo de ser un “pringado”.

Y lo más sorprendente es que nos cuesta pagar por un libro que no suele pasar de los 15€ pero a la hora de comprar todo tipo de artilugios para nuestro perro, aunque no sean necesarios, nos parece lo más normal.

Pero ¿es delito escanear o fotocopiar un libro?

La ley es clara al respecto. Desde el punto de vista jurídico, «fotocopiar un libro puede suponer una infracción de la propiedad intelectual, y por este motivo existen sanciones económicas aparejadas. Adicionalmente, la explotación no consentida a gran escala y con ánimo de lucro puede suponer pena de cárcel.»

En definitiva: puedes realizar copias de un libro para uso exclusivamente personal y nunca con afán lucrativo. Eso automáticamente convierte en ilegal cuando se escanea un libro y se difunde a otras personas ajenas al círculo familiar privado. Y las redes sociales no son ninguna excepción.

Ponerse en la piel del escritor

Y si el hecho de que sea algo ilegal no fuera suficiente argumento, nos queda ponernos en la piel del escritor. Pensemos en la cantidad de trabajo, de horas que ha empleado la persona que ha escrito el libro. Pongámonos en su lugar e imaginemos que, tras todo ese esfuerzo, nos encontramos con que en las redes sociales nuestro libro está accesible a cualquiera. Ya casi nadie compra nuestro libro y nuestros ingresos se ven mermados ostensiblemente.

Lógicamente, la próxima vez que nos planteemos escribir un libro, nos pensaremos dos veces si merece la pena. Y si no lo hacemos, significará que habrá un medio escrito menos en el mercado, lo que a la larga influirá negativamente en la especialidad a la que va enfocado. Habrá menos conocimientos compartidos y tendremos menos datos a nuestro alcance.

Por eso, antes de piratear un libro para difundirlo por las redes, piensa que el daño no solo se lo haces a su autor, sino a ti mismo.